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A las diez de la noche de ayer todo era locura, sentía cómo los nervios se apoderaban de mí y no podía parar de cuestionar todo lo que había hecho bien o mal. Mi cabeza iba a un ritmo similar al de mi pecho y todo empezaba a darme vueltas. “¿Pasaré o no pasaré? Seguro que paso. Que va, es imposible. ¿Por qué va a ser imposible? ¡Es imposible!” Presentarme a los Face Awards (concurso para beautybloggers) de este año es posiblemente lo más emocionante que he hecho en mucho tiempo y con esas sensaciones frenéticas e infantiles son con las que decidí irme a la cama tras varios intentos fallidos de hacer algo que sirviese para aliviar la excitación.

Media noche y todavía no había conseguido pegar ojo. Me resistía con fuerza a tomar tres o cuatro valerianas porque me estaba gustando lo que estaba experimentando, aunque eso me hubiese conllevado un herpes labial milenario y mínimo cinco kilos de más durante toda la semana. La comida basura siempre es una buena forma para mitigar cualquier dolor. Dolor. Joder. Me dolía el pecho, la cabeza, la barriga… ¡Tenía náuseas! Parecía que mañana iban a venir los Reyes Magos y que de repente hubiese retrocedido quince años.

Vi pasar las horas exactas con algún minuto de más durante toda la noche. Las tres y dos minutos, las cuatro y siete, las cinco y doce…

Las siete. Sonó la alarma. Encendí el móvil y con un absurdo ansia mire Instagram esperando que los de NYX se hubiesen pasado la noche mandando emails a los ganadores. Ilusa.

A las ocho entré a clase de Derecho pero parecía que mis compañeras estaban más nerviosas que yo. Eso me hacía sentir bien, que no estaba sola en la locura que esto estaba conllevando en mí. No sé cómo sobreviví a dos horas de clase con el malestar que tenía. Ya cualquier pensamiento derrotista era imposible que se alejara. ¡Era imposible! Solo podía cantar, moverme, recargar el correo y el perfil de NYX en bucle. Una y otra vez.

Al salir de clase fui a cobrar y después a casa de mi abuela a ver si podía concentrarme un poco y conseguía escribir algo. Efectivamente, conseguí despejarme y no pensar durante un rato. Suerte la mía. Ya estaba todo hecho y todo resuelto aunque los de NYX se resistiesen a comunicarlo.

Una del mediodía. Mi madre decide que vayamos a comer las chicas de la casa a un italiano. Sigo atacada. Conforme va pasando el tiempo y no sé absolutamente nada aflora de nuevo la histeria. Por lo menos voy a almorzar algo delicioso y eso me consuela. Intento no mirar el móvil durante la comida y hacer como que no me preocupa nada y que estoy disfrutando de la posible última comida que tengamos las tres solas. Sí, es que además mi madre está a puntito de parir a la tercera hermana, pero eso es otra historia.  Acabamos. No pido postre. Nos vamos.

Las cuatro y aún no se sabe nada. ¿Pero a qué están esperando? ¿A que sufra una parada cardíaca? Están jugando con mi salud. Me vuelve a doler todo. Ya estoy en casa y solo espero al desastre impaciente. Miro el móvil una y otra vez. Notificación: “NYX COSMETICS acaba de subir una nueva publicación”. La abro y no hay nada. Error. Dos minutos después pasa lo mismo. ¿Qué está pasando? La mierda del internet. Esto pasa por contratar menos cinco megas. Mierda. Mierda. Mierda. ¡Otra vez!

Finalmente consigo ver la publicación. Esta vez sí hay algo: un vídeo con los candidatos. Voy a vomitar. Todo se viene abajo conforme el vídeo avanza y no sale mi Tahm Kench pero sí muchos candidatos que ya esperábamos. Exconcursantes de otros años, colaboradores de la marca, instagramers, youtubers, plagios… No salgo. No estoy. No he pasado. El shock tiene que ser algo parecido a esto. No me oigo respirar. Mi hermana me pregunta que si lo he visto entero, le digo que sí, viene y me abraza. En mi casa se hace un silencio largo. Nadie quiere decirme nada. Soy una dramática y en cualquier momento puedo romper a llorar. Mejor dejarme espacio. Lo saben. Lo sé. Me meto en el baño y no pienso en nada, ni siquiera en lo absurdo que acabamos de presenciar. No puedo.

Sobre las cinco logro calmarme y empiezan a llegarme mensajes de otros candidatos para darme una especie de pésame sincero, triste y enfadado con la situación. Me hablan como si estuviera a punto de caer en depresión: “Tú no te desanimes, sigue como a esta hora y el año que viene será tu momento.” Lloro. Ya ha pasado todo.  A menudo cuando paso una situación de muchos nervios y me relajo por completo lloro, me quedo nueva y empiezo de cero.

Ya son las siete en punto de un viernes cargado de todo. Mi chico estará esperando a que acabe esta crónica para recogerme e ir a comer pizza. Sí, pizza después de haber comido italiano. Es lo único que puede terminar de animarme por completo.  Eso, un batido y un beso en la frente. Un beso de esos que te recuerdan que las cosas que importan están a tu lado y no se miden en tráfico orgánico, visitas, likes o seguidores; que no se pueden comprar, ni reemplazar por nada parecido siquiera. Un beso de esos que me haga recordar que ser una niña durante un mes está guay pero que tengo 20 años y que mi vida sigue normal y feliz mañana.

-Rurru