La gente exige mucho. Esa es la conclusión a la que he llegado después de muchos años. Ellos exigen ser felices, al mismo tiempo que
son egocéntricos, egoístas… y nada generosos.

—  El psiquiatra en Du Levande, Roy Andersson (2007)

 

`Du levande´ es contener el aliento hasta que eres capaz de apreciar la grandeza que alberga el filme y empiezas a respirar con calma pero siempre alerta por lo que pueda pasar. El arte es esto: enfrentarte a una creación con una vorágine de sensaciones que no eres capaz de explicar hasta que te sumerges en la mente del autor o la autora y paras en frío a reflexionar sobre qué has visto y hasta qué punto eso será determinante en ti como espectador de la obra.  Esta película, sin principio ni fin, sin protagonistas, sin aparentemente ningún sentido, es lo que nos hace darnos cuenta de por qué el cine es el séptimo arte y cómo, aún bajo nuestra mirada prejuiciosa con este, somos capaces de ir deconstruyéndonos para las nuevas narrativas y formas de contar historias.

El comienzo de la película ya nos anticipa lo que podrá ser (“celebra que estás vivo”) y lo que acaba siendo: una comedia con tintes existencialistas, absurdos[1], surrealistas y oníricos que cuestionan al ser humano en sus quehaceres cotidianos[2]. Como comentaba antes, no hay protagonistas, pero cada todas los personajes que intervienen tienen un drama personal o una crisis que roza “lo ridículo”[3]. Las historias se entrelazan desde las perspectivas de los participantes en las escenas e interactúan poco entre sí[4].

Durante todo el visionado apreciamos una consecución de planos fijos que se corresponden con una escena por plano (exceptuando el de la comida militar que hay un plano secuencia), hay cierta “teatralidad” en esto y lo que nos lleva a cuestionarnos si hay una causalidad o transparencia narrativa.

No hay banda sonora, se juega con los silencios y en las escenas en las que hay música es porque cantan o hay instrumentos en la acción; por lo que hay un predominio de la imagen. En `Du levande´ observamos un especial cuidado de la estética que es fría, sórdida, sencilla, con tonalidades pastel que solo se rompen en dos ocasiones durante toda la película (en la tienda de telas y cuando entra un recadero a un soportal) y la composición de las escenas está especialmente cuidada. Hay una necesidad de imperar “lo feo”, los escenarios no son “bonitos”, las escenas, ni los personajes  tampoco (de hecho están caracterizados con una piel tan pálida que parece que están todos enfermos); y lo convierte todo en una obra admirable desde cualquier punto de vista.

[1] Escena del juicio, jueces bebiendo cerveza, llora el abogado, silla eléctrica por romper la vajilla, comen palomitas mientras la condena a muerte

[2] Escena en la estación de tren que se le cuelan todos, la de la gente bajo la parada del bus con la lluvia…

[3] “Nadie me entiende”, “nadie me quiere”.

[4] Escena de lluvia y Loussiana Band: se juntan el del bombo, trombón y la chica de las botas moradas del bar donde ‘lloraba’ la mujer del principio.